¿A qué saben los insectos? ¿Estará buena la carne de caballo? ¿Sería capaz de comerme un gato? ¿Por qué tendría que comer animales? Asada, frita, cocida, fermentada, cruda, … ¿cómo ha sido cocinada tu comida hoy? A lo mejor comiste con cubiertos, con las manos, con palillos,… Quizás te sentaste alrededor de una mesa, en el suelo, en torno a un fuego, en un lugar reservado para mujeres,… quien sabe si, en realidad, no has comido porque todavía eres un adolescente y estás en ayunas esperando, en una cabaña construida especialmente para la ocasión, el día en el que te conviertas en un adulto.
La comida hoy en día está por todas partes. Concursos de televisión, influencers de todo tipo, recetas virales,… sin olvidar los clásicos libros de recetas. A nuestras amigas les contamos a qué nuevos restaurantes hemos ido, qué recetas hemos probado en casa y qué sabores, más o menos, exóticos hemos descubierto. A pesar de la centralidad de la comida, en general nos relacionamos con ella de una forma bastante superficial.
Torcemos la cara ante la invitación a comer los sesos de un mono capuchino asado, un delicioso y crujiente escorpión frito o, también, una bandeja de sushi a base de pescado crudo. Más allá de nuestras reacciones ante texturas y sabores concretos, lo cierto es que en estas recetas no hay nada de extraño. Lo raro, si lo hubiera, es nuestra forma de mirar.
Y lo mismo ocurre cuando dejamos de hablar de comida y pasamos a hablar de relaciones. ¿Hablamos de matrimonio? La lista de posibilidades es amplia. Nos podemos casar con alguien que pertenezca a nuestro grupo social, preferentemente un primo o prima. Podemos buscar a nuestro cónyuge fuera de nuestras redes sociales. ¿Por qué limitarnos a una pareja? Un solo hombre con varias mujeres; y viceversa.
La muerte también puede ser el desencadenante de un matrimonio. Ante la repentina desaparición de uno de los miembros de la pareja su posición pasa a ser ocupada por un hermano o una hermana. En este caso, las obligaciones sociales respecto a la continuidad y el equilibrio de los grupos prevalece frente a las decisiones individuales o al amor romántico.
Al hablar de las personas, de cómo nos desenvolvemos en esta vida, es imprescindible referirnos a nuestra variedad. No solo se trata de lo que comemos o cómo nos casamos. Cada grupo social posee un modo propio de hacer las cosas. Desde hechos en teoría insignificantes cómo sentarnos a la mesa hasta los modos en los que nos relacionamos -si es que lo hacemos- con las divinidades.
Si tuviera que definir a los seres humanos con una sola palabra sería “diversidad”.
Y, sin embargo, ante este mar de posibilidades para definir nuestras acciones solo elegimos unas pocas. En realidad, las aprendemos de nuestras mayores, nuestros pares, nuestras amigas,… aprendemos a actuar a través de un proceso inagotable de interacciones sociales, de encuentros y desencuentros.
Si nuestras prácticas sociales son aprendidas, cabe pensar que no todas las personas aprendemos las mismas cosas ni de la misma manera.
No hay prácticas sociales correctas ni incorrectas. A modo suyo, todas las prácticas son correctas para quien las aprendió así. Tendemos a pensar que las personas actuamos guiadas por instintos naturales o por tradiciones ancestrales grabadas a fuego en nuestra sangre. Sin embargo, aprendemos a ser humanos, aprendemos a ser diferentes.
Si la diversidad humana es nuestro núcleo fundacional. Si todo lo que hacemos se aprende, ¿queda algo en nosotros que no sea «cultural»?

