Representación de la cultura como red de significados compartidos y prácticas sociales en antropología
La cultura como red de significados en construcción, no como un conjunto de rasgos visibles

¿Qué es la cultura (y por qué solemos entenderla mal)?

Cultura. Ministerio de cultura. Concejalía de cultura. Programas y secciones culturales en medios de comunicación. Cultura española. Cultura canaria. Cultura africana. Cultura gastronómica. Cultura del vino. Turismo cultural. Cultura musical. Cultura de la paz. Subcultura punk. Personas de cultura. Agentes culturales, pero también: asesores, mediadores, dinamizadores,..

La palabra “cultura” está en boca de todas las personas. La usamos para hablar de países, regiones e incluso continentes; con ella nos referimos a costumbres y tradiciones ancladas en el tiempo; y también caracterizamos a individuos concretos o a grupos sociales (“tener cultura”). Sin embargo, cuanto más se utiliza, más se difumina su significado.

En el lenguaje cotidiano, la palabra “cultura” se utiliza para intentar distinguir, diferenciar y, también, separar a un grupo social de otro a partir de algunos elementos concretos: su comida, sus fiestas, sus formas de vestir o sus creencias. Es una forma bastante intuitiva de entender la cultura, pero también profundamente limitada.

La cultura, tal y como la estudiamos las antropólogas, no es un conjunto de elementos visibles. Es algo más complejo y, sobre todo, menos evidente.

El problema: una idea demasiado simple de cultura

Al reducir la cultura a tradiciones o costumbres, hacemos dos cosas al mismo tiempo.

Por un lado, la convertimos en algo estático: un conjunto de rasgos que se transmiten de generación en generación sin cambios, casi como si fueran piezas de museo. Vista así, la cultura no se distinguiría demasiado de un fósil o cualquier resto arqueológico. Exagerando, la cultura podría compararse con una piedra que pasa de mano en mano sin transformarse, más allá del desgaste producido por la erosión.

Por otro, tratamos la cultura como si fuera una propiedad que los grupos “tienen”, como si pudiera delimitarse con claridad dónde empieza y dónde termina. Hablamos de “cultura española”, “cultura africana” o “cultura musulmana” como si fueran entidades coherentes, homogéneas y perfectamente identificables.

Esta forma de pensar introduce una doble simplificación. Por un lado, convierte la cultura en algo fijo; por otro, la presenta como un bloque cerrado. El resultado es una imagen de la cultura como algo estable, delimitado y fácilmente reconocible.

Sin embargo, esta imagen genera una ilusión de frontera. Supone que las culturas funcionan como compartimentos aislados, cuando en realidad están en contacto constante, se transforman, se mezclan y se redefinen continuamente. Más que bloques delimitados, las culturas son procesos abiertos, en constante transformación.

Concebir la cultura de este modo no solo simplifica la realidad, sino que también oculta dos aspectos fundamentales: la diversidad interna de los grupos y las relaciones que los conectan con otros. Las sociedades no son homogéneas ni cerradas, sino espacios atravesados por conflictos, intercambios y relaciones de poder.

Como ya señalaba Edward B. Tylor (1871), la cultura es un “todo complejo” que incluye conocimientos, creencias, arte, moral o costumbres … Esta idea, aunque formulada en sus orígenes como una descripción amplia y abierta, ha contribuido  a fijar una imagen más cerrada de la cultura. Sin embargo, esa misma ambición totalizadora ha contribuido, en muchos contextos, a que se interprete como un conjunto cerrado y delimitado, reforzando precisamente la imagen que aquí cuestiono.

Pensar la cultura como algo fijo y delimitado, o como una propiedad que los grupos poseen, impide comprender el conjunto de relaciones y procesos que le dan forma y contenido. Esta forma de entenderla simplifica en exceso la realidad y oculta tanto la diversidad interna de los grupos como las relaciones que los conectan con otros.

Para comprender mejor por qué esta forma de pensar resulta limitada, conviene dar un paso más y cuestionar una de las ideas más extendidas sobre la cultura: la de que se trata de algo que puede observarse, describirse o incluso poseerse como si fuera un objeto.

La cultura no es un objeto

Un error común consiste en tratar la cultura como si fuera una cosa.Algo que se puede describir, enumerar o incluso poseer. De ahí expresiones como “esta cultura tiene…” o “nosotros tenemos esta cultura”.

Sin embargo, las antropólogas no entendemos la cultura como un objeto, sino un proceso.

La cultura no es algo que exista por sí misma, separada de las personas, sino algo que se produce constantemente en la vida social. Se construye en las interacciones sociales, en el lenguaje, en las prácticas cotidianas.

En esta línea, Clifford Geertz (2009) proponía entender la cultura como una “red de significados” tejida por los propios individuos, en la que estos se encuentran inmersos. La cultura, por tanto, no es algo que se posee, sino un entramado en el que se vive y a través del cual se interpreta el mundo.

La cultura no puede observarse directamente como si fuera un objeto externo. Solo puede analizarse a través de sus manifestaciones: lo que las personas hacen, dicen, interpretan y dan por sentado en su vida cotidiana.

Una definición operativa: significado y práctica

En la búsqueda de una definición mínima, útil para nuestro trabajo como antropólogas, podría afirmarse que la cultura es un conjunto de significados compartidos que se expresa y se reproduce a través de prácticas sociales. .

Esta definición tiene dos elementos clave.

Por un lado, los significados: las formas en que las personas interpretamos el mundo, lo que consideramos normal, correcto, lógico o evidente. Por otro, las prácticas: lo que hacemos en nuestra vida cotidiana, desde los gestos más pequeños hasta las instituciones más complejas.

Pierre Bourdieu (2008) insistió en esta relación entre esquemas de percepción y prácticas. La cultura se encarna en hábitos, disposiciones y formas de actuar que parecen naturales, pero que, realmente son socialmente construidas.

Esta forma de entender la cultura no es solo un cambio teórico, sino que tiene consecuencias directas en cómo analizamos la vida social. Las antropólogas estudiamos no solo lo que hacen las personas, sino cómo entienden e interpretan sus propias acciones.

Lo que cambia cuando entendemos la cultura así

Pensar la cultura como un sistema de significados y prácticas tiene consecuencias significativas.

La primera es entender que la cultura ya no es algo fijo, dado para siempre. La cultura cambia constantemente, se recrea a cada paso porque las prácticas sociales y los significados que se les asignan se transforman.

Una segunda consecuencia es la renuncia total a la homogeneidad de la cultura. En este planeta no hay dos personas completamente iguales, ¡ni los gemelos monocigóticos! Al interno de cualquier grupo social hay una amplia variedad de formas de interpretar y vivir la realidad.

Y la última consecuencia apunta hacia una dimensión imprescindible en el conocimiento antropológico: el poder. Al analizar el concepto de “hegemonía” Antonio Gramsci (1929-1935; 2023) observó como determinadas visiones del mundo se imponen como “sentido común”, ocultando las relaciones de fuerza que las sostienen. Esto implica que no todos los significados tienen el mismo peso ni todas las prácticas son igualmente reconocidas o legitimadas.

 Algunas formas de ver el mundo se imponen sobre otras y llegan a percibirse como naturales, evidentes o incuestionables. Lo que aparece como “normal” suele ser el resultado de relaciones sociales concretas.

Entonces, ¿por qué la entendemos mal?

La idea simplificada de cultura no es casual. Funciona bien en el lenguaje cotidiano porque permite clasificar rápidamente el mundo: “esta es su cultura”, “esta es la nuestra”. También es útil en ciertos discursos políticos o mediáticos, donde la cultura se presenta como algo homogéneo y fácilmente identificable. Nos ayuda a identificarnos a nosotros mismos, al mismo tiempo que nos diferencia y nos separa de los demás

Por eso resulta problemática: porque convierte procesos complejos en etiquetas simples. Y, al hacerlo, oculta las dinámicas reales que organizan la vida social.

Como señala Néstor García Canclini (201), las culturas contemporáneas están atravesadas por procesos de hibridación, circulación y mezcla que hacen inviable pensar en términos de unidades culturales cerradas.

Un punto de partida, no una definición cerrada

Este texto no pretende ofrecer una definición definitiva de cultura.

Más bien, propone un desplazamiento: pasar de entender la cultura como algo que se tiene a entenderla como algo que se hace.

A partir de aquí, se abren múltiples preguntas: ¿Cómo se construyen esos significados? ¿Quién tiene capacidad para imponerlos? ¿Cómo cambian en el tiempo? ¿Qué ocurre cuando entran en conflicto?

Responder a estas y a otras preguntas es, en buena medida, lo que hacemos las antropólogas.

Para las antropólogas, la cultura no es un conjunto de rasgos visibles que definen a un grupo. Más bien, se trata de un proceso complejo, dinámico y profundamente social.

Entenderla así nos permite acercarnos un poco más a  la realidad social al mismo tiempo que sino también cuestionar muchas de las ideas que damos por sentadas.

Para leer más

Tylor, Edward B (1871). — Cultura primitiva 
Una de las primeras definiciones antropológicas de cultura. Aunque hoy resulta limitada, es fundamental para entender cómo se construyó el concepto en sus orígenes y por qué sigue influyendo en muchas formas actuales de pensar la cultura.

Geertz, Clifford (2009) La interpretación de las culturas, Gedisa
Geertz propone una antropología centrada en la interpretación, donde la cultura no es algo que se posee, sino un entramado simbólico en el que los individuos están inmersos.

Bourdieu, Pierre (2008)El sentido práctico, Siglo XXI Editores
Bourdieu analiza la cultura a través de prácticas y disposiciones. A través del concepto de habitus, Bourdieu muestra cómo lo social se interioriza y se reproduce sin necesidad de reglas explícitas.

Gramsci, Antonio (2023)Cuadernos de la cárcel, Akal
Gramsci ayuda a introducir la dimensión del poder en el análisis cultural. Su noción de hegemonía nos permite entender cómo ciertas formas de ver el mundo se imponen como “normales” o “naturales”.

García Canclini, Néstor (2001) — Culturas híbridas, Paidós
García Canclini analiza los procesos de mezcla, circulación y transformación cultural, cuestionando la idea de culturas puras o cerradas

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