Lo que parece espontáneo nunca lo es
Nos hemos sentado en este escenario tantas veces que puede parecer algo trivial, por no decir absurdo, detenerse y preguntarse qué está ocurriendo realmente. Comemos, conversamos, nos levantamos. Sin embargo, en cualquier comida familiar, almuerzo informal o en celebración las antropólogas advertimos reglas, convenciones y expectativas que organizan quien se sienta dónde y con quién.
Como recuerda Renato Rosaldo (2000) no es necesario viajar a un país extranjero o exótico para reflexionar sobre lo que ocurre alrededor de una mesa. A veces, basta con sentarse a la mesa con nuestros propios suegros para encontrar formas rituales cargadas de dominio y respeto.
Todas las mañanas el patriarca reinante, como si acabara de venir de cacería, gritaba desde la cocina: ‘¿quiénes quieren huevo escalfado? Las mujeres y los niños decían sí o no simultáneamente.
Mientras tanto, las mujeres conversaban entre ellas y designaban a una para que preparara las tostadas. Cuando los huevos estaban casi listos, el patriarca reinante llamaba a la encargada de las tostadas, ‘Los huevos casi están listos. ¿Hay suficientes tostadas?’: ‘Sí’, respondía respetuosamente. ‘Las últimas dos tostadas están por salir’. Entonces, el patriarca reinante entraba orgulloso llevando la fuente de huevos escalfados.
Durante el transcurso del desayuno, las mujeres y los niños, incluida a la encargada de las tostadas, cumplían el ritual obligatorio de la plegaria cantada, y decían. ‘¡Estos huevos sí que están buenos, papá!” (Rosaldo, 2000: 71-72)
Sin necesidad de apuntar, al igual que Rosaldo, con algo de malicia hacia nuestros suegros, la escena es reveladora: la mesa es un lugar para comer en donde se materializan relaciones de poder, género y autoridad.
La mesa como estructura: orden espacial y orden social
El acto de comer va más allá de deglutir, devorar si se tiene hambre o mover el tenedor con parsimonia frente a un plato no tan apetitoso. Mary Douglas (1972) mostró que las comidas son eventos altamente estructurados en dónde cada elemento -platos, tiempos, posiciones- comunica orden social.
Las comidas, continua Douglas (1972), organizan relaciones: quien sirve, quien recibe, quien espera. Esta lógica se materializa en el espacio físico, en nuestras cocinas y comedores. En cada una de nuestras comidas ponemos en acción un número finito de reglas que delimitan fronteras sociales, distinguen rangos y establecen relaciones de inclusión y exclusión.
De este modo, podemos pensar nuestras mesas como si fueran un mapa social en miniatura.
Cabeceras y centralidad
En muchos contextos europeos, la mesa rectangular sigue siendo la forma dominante. Y con ella aparece una posición clave: la cabecera. La cabecera no es un lugar cualquiera. Como se decía en mi familia, es el lugar desde el que se “preside”.
La cabecera no es un lugar cualquiera. Es un lugar privilegiado reservado a personas con una condición especial al interno de la familia: el padre en órdenes patriarcales, el anfitrión, la persona de mayor edad o con mayor autoridad simbólica.
En su etnografía en la Cabilia, Pierre Bourdieu (1971) observó cómo se organizan y jerarquizan los espacios domésticos. Cada vez que nos sentamos a la mesa reflejamos y continuamos reproduciendo formas concretas de organización social. Las posiciones que ocupamos en la mesa muchas veces no son elecciones individuales, sino, más bien, formas incorporadas de ese orden social.
Género: quién sirve, quién se sienta, quién se levanta
En la mesa, también, las asimetrías de género se hacen más visibles. En un rápido repaso a contextos sociales en los que muchas personas hemos crecido, es posible advertir cómo, normalmente, las mujeres son las encargadas de cocinar y servir unas mesas en donde hombres ocupaban posiciones centrales y de prestigio mientras ellas ocupaban lugares periféricos desde los que levantarse frecuentemente.
Estas dinámicas no son abstractas. También aparecen en contextos cotidianos, como en mi propia familia.
Mis dos abuelas, Carmela y Antonia, ocupaban ubicaciones diferentes en la mesa. Carmela presidia, Antonia dejaba ese lugar para mi abuelo. Sin embargo, ambas estaban sentadas en el mismo sitio.
Mis dos abuelas estaban sentadas, de espaldas, en el lugar más cercano a la cocina. Sus respectivas posiciones les permitían, en todo momento, levantarse rápidamente, interrumpir su comida y atender a todos los presentes.
Mis abuelas no elegían esos lugares por comodidad. Se trataba, más bien, de una posicional funcional subordinada como muestra Narotzky (1997) en su etnografía sobre los hogares mediterráneos. La distribución espacial en la mesa reflejaría, entonces, la división sexual del trabajo: las posiciones más próximas a la cocina implicarían mayores cargas de trabajo y responsabilidad en el mantenimiento de la familia.
Edad y jerarquía: respeto, autoridad y aprendizaje
La distribución en la mesa también organiza las relaciones entre generaciones. Continuando con mi propio contexto etnocéntrico ,lo más común es que las personas mayores ocupen lugares centrales o privilegiados en la mesa mientras que los niños se sitúan en los extremos o, en casos radicales, incluso en mesas separadas.
De vuelta al comedor de mi abuela Carmela, a una de tantas cenas de Nochebuena, nuestra distribución en la mesa reflejaba tanto la jerarquía de edad como la estructura de parentesco. Mi abuela, presidiendo la mesa, no solo era la persona de mayor edad, sino que desde su posición egocentrada señalaba las posiciones y las relaciones familiares: abuela, hijas y yernos, nietos.
Si esta posición puede ser símbolo de respeto y autoridad, es necesario, también, mostrar su reverso. No en pocas ocasiones, sobretodo en grandes fiestas o en circunstancias en las que “no deben molestar”, los niños son ubicados juntos, alejados de roles centrales. Su escasa participación en el espacio social creado en torno a la mesa así como su inexistente control sobre el ritmo de la comida no hace más que mostrar su clara posición subordinada en la estructura familiar.
Parentesco: proximidad, alianza y distancia
Nuestro lugar en la mesa no está definido para la eternidad. Existen reglas y convenciones que caracterizan a cualquier acción social, sí, pero también es verdad que cuando no las respetamos podemos cambiarlas a nuestro antojo, modificarlas o transformarlas totalmente.
Cuando elegimos dónde sentarnos (o donde hacer sentar a otra persona) ponemos en juego distintos vínculos de afinidad, reflejando viejas tensiones familiares, tejiendo nuevas alianzas o estableciendo estrategias de mediación.
La última vez que mencioné la mesa de mi abuela Carmela fue para mostrar cómo los miembros consanguíneos de mi familia ocupaban posiciones más “naturales” mientras que los afines (parejas, yernos) se integraban progresivamente generando reajustes.
Ahora observa otra mesa, otra formación familiar diferente, en la que la pertenencia se negocia constantemente:
Alrededor de la mesa de mi suegra se congregan dos familias monoparentales enlazadas por un matrimonio celebrado en segundas nupcias. Cada núcleo aporta su prole, la pareja de éstos y, en algunos casos, una tercera nueva generación hasta sumar un total de diez personas.
Reglas que parecían generales (la distribución por edad y por línea de parentesco en la mesa de mi abuela Carmela) se subvierten en este caso. Parentesco y afinidad se mezclan, se confunden. Las posiciones en esta mesa se negocian cada día, sin un criterio fijo ni una regla clara para todas las personas. La mesa deja de ser un reflejo estable para convertirse en un espacio de reorganización continua del parentesco.
El lugar del “nuevo”: hospitalidad y control
Uno de los lugares sujetos a mayor control en una mesa es dónde se sienta el “extraño”. Todas hemos sido alguna vez la presencia extraña, quien sabe si incómoda, en alguna mesa. Puede ser una invitada, la llegada de una nueva pareja, una vecina o, directamente, alguna persona externa al núcleo familiar. Su ubicación nunca es neutral.
Cuando conocí a los abuelos de mi pareja mi posición como extraño fue al lado del abuelo, esto es, de la persona de mayor autoridad. En este gesto se observa una voluntad de integración guiada, de acogida, pero también de control y sometimiento. En casa de mi suegra, sin embargo, la aparición de nuevas parejas siempre ha sido desviada hacia posiciones no centrales, casi periféricas, reflejando así un proceso de integración parcial.
Ubicar a un extraño en nuestras mesas no es tarea fácil. Esta nueva presencia genera una tensión entre nuestro deseo de hospitalidad y la necesidad de preservar el orden interno. No en vano, un invitado con mayor autoridad o peso simbólico puede llegar a lastrar todo la organización social en torno a la mesa, deshaciendo y rehaciendo posiciones, estatus y jerarquías hasta el punto, incluso, de redefinir quien debería presidir esa mesa.
Ausencias: memorias y reconfiguraciones
Las mesas son un registro de presencias, pero también de ausencias. Sentados alrededor de una mesa participamos del tiempo presente, pero también recuperamos y activamos nuestro pasado a través de nuestras memorias. La muerte, una separación, una ruptura o, incluso, un traslado a otra ciudad producen un vacío físico y simbólico en la mesa.
La variabilidad de respuestas para este vacío es amplia. En algunos casos el lugar de la persona ausente, temporal o permanentemente, se mantiene vacío para preservar simbólicamente su presencia. En otros casos, poco a poco, las ausencias sirven para reorganizar las jerarquías familias hasta que se produce una nueva redistribuición de las posiciones.
Hablar de presencias y ausencias en nuestras meses invita a recordar cómo en nuestros cuerpos y nuestros hábitos incorporan los recuerdos. La mesa es uno de esos lugares donde la memoria se hace visible. Más que de mover sillas vacías, se trata de procesos de activación de memorias y reestructuración del parentesco.
Más allá de la mesa occidental
Este texto se centra en mesas occidentales. Esto no quiero decir, sin embargo, que no existan otras formas de organizar el momento de la comida: en el suelo, en círculos, en disposiciones colectivas sin posiciones fijas, …
Pero incluso en estos casos, la distribución espacial sigue codificando relaciones sociales. La forma cambia; la estructura permanece.
Conclusiones: sentarse es clasificar
Sentarse a la mesa es más que elegir una silla cómoda o un lugar bajo la ventana. Todas las mesas representan un sistema social, con su orden y sus jerarquías. Sentarnos (o que nos sienten) en un lugar u otro equivale a ocupar una posición en ese sistema social. Tras ese gesto aparentemente banal se condensan jerarquías, relaciones de género, estructuras de parentesco, dinámicas de inclusión y exclusión y, también, memorias familiares. Nuestra cotidianidad está plagada de acciones, como sentarnos a la mesa, aparentemente invisibles o carentes de un significado marcado. Sin embargo, su eficacia reside, precisamente, en su capacidad de que le prestemos tanta atención.
La próxima vez que alguien te invite a sentarte “donde quieras”, sospecha: posiblemente ya exista un lugar pensado para cada uno así como una serie de expectativas que cumplir.
Bibliografía
Bourdieu, Pierre
1971 “The Berber house” en Mary Douglas Rules and meanings. Penguin Books. Pp98-110
Douglas, Mary
1972 “Deciphering a meal”. En Daedalus, Vol. 101, No. 1, Myth, Symbol, and Culture (Winter, 1972), pp. 61-81
Narotzky, Susana
1997. New directions in economic anthropology. Pluto Press.
Rosaldo, Renato
2000 Cultura y verdad La reconstrucción del análisis social. Abya-Yala

