Para las antropológas, la Navidad es una época del año llena de posibilidades de observación y análisis. Más allá de las dimensiones rituales asociadas al cristianismo, en estas últimas semanas del año se produce una intensa concentración de prácticas sociales. No hay resquicio de la vida social que pueda escapar a este espíritu navideño: las calles se engalan y se mercantiliza el espacio público ; reaparecen seres fantásticos; disfrutamos de grandes comilonas en cuyas sobremesas no solo discutimos con el cuñado de turno, sino que explicitamos viejos y nuevos roles de género mientras re-construimos parentelas en base a nuevas presencias e inesperadas ausencias.
De entre todas las prácticas sociales de la época navideña destaca, sin duda, el intercambio de regalos. Aunque puede parecer una cuestión banal, el regalo o el don ha ocupado un lugar central en la teoría antropológica desde comienzos del siglo XX. Regalar es mucho más que “dar cosas”. Es activar relaciones, reafirmar vínculos, producir obligaciones y, muchas veces, revelar tensiones latentes.
Para entender por qué el regalo es algo más que un gesto amable, conviene volver a uno de los textos fundacionales de la antropología moderna: el Ensayo sobre el don de Marcel Mauss.
El don como hecho social total: Marcel Mauss
En Ensayo sobre el don (1925) Marcel Mauss analiza los sistemas de intercambio en diversas sociedades. Una de sus conclusiones marcará el destino de la antropología para siempre: el don o el regalo no es un acto libre ni desinteresado. Toda sociedad, sostiene Mauss, organiza el don mediante tres obligaciones inseparables: :
La obligación de dar
La obligación de recibir
La obligación de devolver
No se trata de fases opcionales, sino de un proceso continuo que mantiene vivas las relaciones sociales.
Una forma útil de imaginar este mecanismo es el cuadro de Rubens Las Tres Gracias. Las tres figuras femeninas aparecen unidas en un círculo, mirándose y tocándose, sin que sea posible identificar un inicio o un final claro del movimiento. Ninguna parece exclusivamente activa o pasiva: todas dan y reciben al mismo tiempo. Del mismo modo, en la descripción de Mauss, el don no circula en línea recta, sino que establece un movimiento relacional continuo.
A partir de estas tres dimensiones podemos pensar el regalo como un mecanismo de cohesión social. No circulación únicamente bienes materiales, sino también personas, prestigio, reconocimiento, alianzas y jerarquías. Rechazar un regalo, no devolverlo o quedar excluido del circuito del don no es un pequeño malentendido sin importancia; se trata de una ruptura simbólica. Desde esta perspectiva, el don no es economía ni moral, sino ambas cosas a la vez. Y por eso sigue siendo un concepto útil para analizar nuestras prácticas contemporáneas.
El don en las sociedades contemporáneas: de Mauss a Polanyi
Buena parte de la teoría antropológica clásica sobre el don se construyó a partir del estudio de las llamadas “sociedades tradicionales”. Mauss fundamentó su análisis en materiales etnográficos procedentes de contextos no occidentales, como el hau maorí; Franz Boas describió el potlatch entre los pueblos de la Costa Noroeste de América del Norte; y Bronislaw Malinowski hizo lo propio con el sistema kula en las islas Trobriand.
Estos trabajos demostraron que el intercambio de dones no era un fenómeno marginal, sino un principio central de la vida social. Sin embargo, también contribuyeron a consolidar una mirada etnocéntrica. El don aparecía e como un rasgo característico de “otras sociedades”, mientras que nuestras sociedades occidentales, pretendidamente modernas, quedaban caracterizadas casi exclusivamente por el intercambio mercantil.
Esta oposición entre “sociedades tradicionales del don” y “sociedades modernas del mercado” ha sido ampliamente cuestionada. El propio Mauss ya advertía que, en nuestras sociedades el don no desaparece, sino que se transforma. Autores posteriores como Marshall Sahlins (1972) o Maurice Godelier (1996) han insistido en esta idea: incluso en contextos altamente mercantilizados, el don sigue organizando esferas clave de la vida social, especialmente aquellas vinculadas al parentesco, la amistad y el ritual.
En este sentido, es interesante regresar al trabajo de Karl Polanyi que, en La Gran Transformación (2016), sostuvo que la economía nunca está completamente separada de la vida social. Frente a la visión economicista del mercado autorregulado, propuso que, históricamente, las sociedades han organizado la circulación de bienes y servicios mediante tres principios fundamentales:
Reciprocidad, basada en relaciones sociales duraderas.
Redistribución, centrada en una autoridad que concentra y reparte.
Intercambio, característico del mercado y mediado por precios.
Lo relevante para este caso es que Polanyi subraya que estas modalidades no se excluyen mutuamente: pueden coexistir dentro de una misma sociedad, e incluso dentro de una misma práctica social.
La Navidad es un ejemplo especialmente claro de esta convivencia. Los regalos se adquieren mediante intercambio mercantil (comprar en tiendas, plataformas digitales, grandes superficies), pero circulan principalmente a través de relaciones de reciprocidad (familia, amistad, pareja). Al mismo tiempo, ciertos dispositivos navideños —regalos colectivos, cestas de empresa, ayudas institucionales, campañas solidarias— introducen lógicas de redistribución.
Desde esta perspectiva, el planteamiento de Mauss sigue siendo plenamente vigente. El don navideño no puede entenderse únicamente como consumo: es una práctica situada en la intersección entre mercado, normas sociales y obligaciones morales. El objeto comprado se transforma en regalo cuando entra en un circuito de reciprocidad que lo separa del intercambio puramente económico.
Escenarios del regalo navideño
La lógica del don está sujeta a modificaciones y adaptaciones locales. En ocasiones basta con observar lo que sucede en nuestras propias familias: ¿Cómo ha cambiado el intercambio de regalos en el tiempo? ¿Cuál es nuestra posiciones dentro del ciclo? ¿Participamos o somos excluidos?
La Navidad suele presentarse como un tiempo de armonía y generosidad . Sin embargo, desde una mirada antropológica, es también uno de los momentos del año en los que los conflictos relacionales se vuelven más visibles. Precisamente porque concentra intercambios, expectativas y obligaciones, el regalo navideño no solo produce vínculos: también los tensa, los revela y, en ocasiones, los rompe.
Regalar no es un gesto inocente. Y cuando el don falla, el conflicto no suele ser material, sino social.
1. El regalo familiar: jerarquía, memoria y deuda
En nuestras familias el regalo funciona como un marcador de pertenencia. No regalamos a cualquier persona, sino a quienes reconocemos como parte de nuestro círculo más próximo.
Al interno de grupos parentesco la lógica del don es intensa. El regalo puede:
Reafirmar roles (padres, hijos, abuelos).
Reproducer jerarquías (quién regala a quién, qué tipo de objeto, con qué frecuencia).
Generar expectativas de reciprocidad, aunque no siempre inmediatas ni simétricas.
Un regalo “inadecuado” (demasiado barato, caro, impersonal) puede ser considerado como un fallo en la lectura de la relación, y puede generar incomodidad, culpa o conflicto. El malestar no se centra el objeto, sino que es canalizado hacia preguntas como : ¿qué lugar ocupo para ti? ¿qué esperas de mí? La familia es, en este sentido, uno de los espacios donde el don muestra con mayor claridad su dimensión coercitiva.
2. El “amigo invisible”: reciprocidad sin rostro
El “amigo invisible” introduce una variación interesante: regalamos sin saber exactamente a quién, y recibimos sin saber de quién. Sin embargo, la tensión no desaparece: se desplaza. La obligación de dar y recibir sigue presente, pero la reciprocidad se despersonaliza y se redistribuye en el grupo.
No devuelvo el regalo a quien me lo dio, sino que confío en que el sistema funcione colectivamente. Aquí no se devuelve a una persona concreta, sino al grupo como totalidad. No participar, regalar algo claramente inadecuado o romper las reglas implícitas del intercambio equivale a ponerse en cuestión como miembro del colectivo.
Este tipo de intercambio recuerda a lo que Sahlins (1972) llamó reciprocidad generalizada: una circulación de bienes en la que no se calcula el retorno inmediato, pero donde la participación es obligatoria para mantener la pertenencia al grupo. La gracia del juego no elimina su dimensión normativa: no participar, regalar algo claramente fuera de lugar o romper las reglas del intercambio sigue teniendo consecuencias sociales.
3. Cuando el don falla: conflictos y exclusiones
El don no siempre funciona de manera armoniosa. Precisamente porque genera obligaciones, también produce tensiones. Uno de los problemas más es la exclusión. No ser incluido en el intercambio de regalos no es un descuido: es una señal social potente.
Algunos conflictos posibles:
Yo regalo y tú no devuelves: ruptura de la reciprocidad, sensación de deuda no saldada.
Soy excluido del circuito de regalos: señal clara de distanciamiento o expulsión simbólica.
El regalo como imposición: recibir algo que no se desea, pero que obliga a corresponder.
Mauss ya señalaba que rechazar o negar el don equivale a rechazar la relación. En contextos navideños, esta exclusión puede vivirse como una forma de expulsión simbólica, incluso cuando no se verbaliza. Aquí el don no une: delimita. Marca quién pertenece y quién queda fuera.
Conclusiones: regalar no es un gesto inocente
Quizás las antropólogas seamos un poco como el Grinch y, aunque no queramos robarle a nadie la Navidad, sí presentamos algunas de sus facetas desde posiciones que pueden resultar incómodas. Los regalos navideños están lejos de ser gestos espontáneos o puramente emocionales. Son prácticas sociales densas, cargadas de normas, expectativas y significados.
De acuerdo con Mauss es posible afirmar que:
Regalar es crear vínculos sociales.
Recibir es aceptar dichas relación.
Devolver es reconocerlas y mantenerlas vivas.
Desde la antropología observamos cómo regalar no solo puede ser algo “bonito”, sino que también cuenta con un alto componente de riesgo. Cada regalo pone en juego una relación, una deuda y una expectativa de futuro. Por ese motivo la Navidad es un observatorio privilegiado: con su concentración ritual de intercambios hace visible cómo nuestras relaciones sociales se sostienen tanto en palabras como en objetos, en afectos como en obligaciones.
Nos guste o no, el don sigue estando en el corazón de la vida social contemporánea. Y cuando el don falla, lo que se rompe no es el intercambio, sino la relación que nos sostenía.
Bibliografía
- Godelier, Maurice (1998. 1996). El enigma del don. Paidós.
- Mauss, Mauss (2010; 1925). Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas. Katz Editores.
- Polanyi, Karl (2016, 1944). La gran transformación: Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Virus Editorial
- Sahlins, Marshall (1987, 1972). Economía de la Edad de Piedra. Akal.

