Ilustración de la Befana, bruja que cierra la Navidad italiana: sombra de anciana sobre tejados urbanos vista desde una ventana, con calcetín colgado y dulces en primer plano

La Befana: la bruja que cierra la navidad italiana

Viajar -o, en su versión más intensa, residir fuera- es siempre una experiencia que pone a prueba nuestro etnocentrismo, nuestra forma de entender el mundo y de dar por sentadas determinadas prácticas culturales. Esta experiencia se acentúa cuando los desplazamientos tienen lugar en una época del año como la Navidad, marcada por un amplio conjunto de rituales, símbolos y significados compartidos que caracterizan nuestras vidas en comunidad.

Unas Navidades fuera de casa suelen son extrañas. Trabajo, estudios, relaciones de pareja,… mil motivos nos han llevado, más de una vez, a pasar estas fechas lejos de nuestras familias y amistades y, también, de los rituales con los que hemos crecido. En algunas ocasiones esperamos con cierta ansiedad un paquete desde casa con polvorones y turrones; otras buscamos uvas desesperadamente para celebrar el fin de año; y no pocas veces hemos intentado -sin éxito- imitar aquella receta de la abuela.

Más allá de nuestra melancolía que acompaña a estos días, una de las diferencias más visibles de este período del año se encuentra en la multitud de seres mágicos que caracterizan las fiestas locales en distintos puntos de Europa. Desde los terribles krampus  que castigan a los niños desobedientes en los Alpes hasta la dulce Lucia que, desde Suecia, aporta un rayo de luz al oscuro invierno.

La Befana y el cierre del ciclo navideño italiano

Desde mi primera Navidad en Italia me sorprendió que, a diferencia de lo que ocurre en España, el ciclo navideño no se cierre con los Reyes Magos, sino una anciana que vuela sobre una escoba: La Befana. El extrañamiento inicial es casi inevitable. ¿Cómo es posible que en un país tan marcado por el catolicismo la figura central de la Epifanía sea una bruja que remite al folclore popular?

Este desconcierto, sin embargo, resulta productivo. Lejos de ser una anomalía, la Befana ocupa un lugar preciso dentro del calendario ritual italiano. La Epifanía no inaugura un nuevo tiempo festivo, sino que marca el final del período navideño, el cierre de un ciclo excepcional y el regreso progresivo a la cotidianidad. En ese contexto, la figura que materializa ese cierre no necesita ser ejemplar ni normativa, sino eficaz desde un punto de vista simbólico.

La Befana no pertenece al canon religioso oficial. Se trata de una figura propia del folclore y la tradición oral en la que se superponen elementos cristianos y precristianos. A diferencia de otras figuradas navideñas, la Befana es reconocida como específicamente italiana, cuenta con múltiples variaciones regionales y un fuente arraigo en la vida cotidiana.

¿Quien es La Befana?

Según el relato bíblico, la Epifanía -lo que muchos conocemos como Día de Reyes- corresponde al último día del periodo navideño y se concreta en la visita de los Tres Reyes Magos al niño Jesús. En el folklore italiano, sin embargo, surge una figura bien diferente: la Befana, cuyo nombre podría traducirse, de forma aproximada, como “Bruja”.

Su historia, mil veces contada y adaptada, narra las desventuras de una mujer anciana que, ocupada en las labores del hogar, no se animó a acompañar a los Tres Reyes Magos en su camino hacia Belén. Arrepentida, sin embargo, un pensamiento le inquieta: ¿habría hecho lo correcto al no acompañarles en su viaje? Ante la duda decide coger su escoba y algo de comer. ¿Quien quiere oro, incienso y mirra cuando tiene a un bebé recién nacido? Lo mejor, a ojos de La Befana, es, sin ninguna duda, tratar de ayudar a la Virgen María en las tareas del hogar.

A pesar de su decisión, ya es demasiado tarde. Incapaz de seguir la estrella de Oriente, pierde el rastro de los Tres Reyes Magos. Su destino -trágico quizás- consiste en vagar toda la eternidad sobre su escoba en búsqueda del hijo de dios, dejando regalos y barriendo allí donde encuentre a un niño dormido.

La Befana, a primera vista, no parece muy distinta de otros personajes navideños que, con variaciones locales o regionales, aparecen cada año cargados con regalos para los más pequeños de la casa. Santa Lucía, Papá Noel, Olentzero,… no son pocas las figuras envueltas en misterio que merodean por las Navidades europeas, recibiendo ofrendas, recompensando a quienes cumplen las normas y castigando simbólicamente a quienes no lo hacen.

La Befana como figura liminal

La Befana no es una santa ni una figura cristiana canónica. Una mirada más atenta nos presenta a una mujer fuera del canon cristiano y patriarcal: una vieja solterona, asociada a la brujería y la magia popular y alejada de la o la jovialidad de figuras como Papa Noel. En términos antropológicos podría entenderse como una figura liminal.

La Befana se sitúa en el umbral entre lo sagrado y lo profano, entre la tradición cristiana (la Epifanía) y el folclore pagano (las brujas voladoras). Su figura no encaja plenamente ni en las normas sociales ni en las clasificaciones tradicionales: no es ni una santa ni un demonio. Además, a ello se le suma el hecho de que encarna tres atributos que históricamente han servido para marginar a las mujeres como son la vejez, la soltería y la brujería.

En un contexto social que idealiza la juventud y la maternidad, La Befana aparece como una anti-heroína: una mujer obligada a vivir al margen que, paradójicamente, se convierte en la madre simbólica de todos los niños. Este carácter liminal la aproxima a otros arquetipos femeninos presentes en distintas tradiciones europeas: la nodriza que trae dulces, la bruja que castiga, la vieja que barre lo viejo para hacer sitio a lo nuevo… Todas estas figuras femeninas están relacionadas con el orden simbólico del tiempo, las normas sociales, el orden moral y los modos locales de articulación de recompensas y castigos.

Prácticas rituales: entre lo doméstico y lo comunitario

La celebración de La Befana combina rituales familiares y manifestaciones públicas. En el ámbito doméstico estas prácticas se inscriben en un conjunto de comportamientos relativamente homogéneos asociados a la relación con seres mágicos durante la Navidad.

Niños y adultos cuelgan medias o calcetines en puertas, alféizares o estanterías con la esperanza de que La Befana los recompense con dulces, chocolates o frutos secos. En caso de ser castigados, los niños recibirán un poco de carbón comestible.

Distinto es el caso de las celebraciones públicas. A diferencia de la aparente homogeneidad de las cabalgatas de Reyes en España, sobre la Befana pesa un marcado carácter local y/o regional. En un recorrido por Italia es posible encontrar ejemplos como el Mercato della Befana de Urbania, la Regata delle Befane de Venecia o la Befana Subacqua de Riva del Garda. Disfraces, música, espectáculos y comidas populares caracterizan estos encuentros sociales en los que se refuerza la memoria colectiva y los vínculos sociales intergeneracionales.

Estas descripciones, sin embargo, son siempre parciales. Como antropólogas resulta imprescindible acudir al campo, al lugar donde se desarrolla la acción social- para observar cómo estos rituales se adaptan y se reconfiguran en contextos concretos.

La Befana en Trento

En Trento, ciudad en la que resido, la llegada de La Befana se enmarca en un amplio programa de actividades navideñas. Como ocurre en muchas otras ciudades europeas, el ayuntamiento despliega un un ambicioso calendario de eventos con el fin de promover la ciudad, atraer turistas y, en definitiva, fomentar el movimiento y la acumulación de capitales. No es casual, tampoco, que una de las grandes estrategias de marketing urbano de Trento sea, en un ejercicio de city branding, auto-denominarse como la Città del Natale (la ciudad de la Navidad).

En Trento La Befana se aleja del sentido de festividad pública y compartida para insertarse en dinámicas económicas ligadas a la apropiación y la mercantilización del espacio urbano. Piazza Dante, uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, se convierte durante la friolera de 46 días en el Villaggio Incantato: un centro de actividades infantiles de pago que oscilan entre los 2-12 euros. La Befana, por su parte, acude al Villaggio de forma gratuita, pero los niños solo pueden saludarla previa reserva de una entrada.

La consecuencia es una transformación significativa del sentido original de la figura. La bruja errante que, para expiar su error, visitaba a todos los niños del mundo, ahora pasa a repartir dulces únicamente a quienes pueden acceder al espacio privatizado. Se introduce así una brecha en el sentido de lo público, lo comunitario, lo festivo, así como en la espontaneidad que caracteriza a muchas celebraciones populares.

Ni cosas de brujas ni caramelos

Al observar a La Befana en cualquiera de sus encarnaciones locales no habría que pensar que se trata simplemente de una versión italiana de otras figuras navideñas. Se trata, más bien, de una figura cultural compleja, situada en una intersección entre religión, folclore, género, ciclos rituales y, también como he señalado en el caso de Trento, dinámicas urbanas capitalistas.

Desde una perspectiva antropológica La Befana permite reflexionar sobre la negociación de fronteras entre lo sagrado y lo profano; la construcción de figuras liminales para gestionar el cambio temporal, la legitimación simbólica de representaciones femeninas marginalizadas.

En un última instancia, La Befana no solo “cierra” la Navidad italiana: cierra un ciclo social , ritual y narrativo. Las fiestas no terminan cuando desaparecen los adornos, sino cuando el relato compartido llega a su último acto.

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