ritual de matrimonio desde la antropología
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¿Para qué sirve el matrimonio? Una explicación desde la antropología de Marvin Harris

En buena medida, durante la vida de todas las personas llega un momento en el que los matrimonios aparecen como setas después de un día de lluvia. El Instituto Nacional de estadística sitúa la edad media del matrimonio en torno a los 37-39 años (2024). Si bien este arco de edad puede variar al analizar ejemplos concretos, algo que sí sucede con mucha frecuencia -independientemente de la edad- es que, dentro de un mismo grupo social, cuando se abre la temporada de los matrimonios éstos se concentran en un ciclo temporal bastante corto.

Estas explosiones rituales me han permitido asistir a matrimonios de todo tipo: religiosos, civiles, hinduístas, oficiados por amigos, en diferido, con traducción simultánea y sin ella,… ¡incluso he llegado a asistir a la boda de mi propio padre! La lista de variantes es extensa y más si tuviera que tener en cuenta los modos de celebración y las acciones particulares que definieron cada matrimonio.

A finales de 2025 asistí a un matrimonio algo singular. Los cónyuges eran una mujer y un hombre de edad avanzada (+60), ambos divorciados, que mantenían una relación a distancia desde hacía una década. Aquello que llamó mi atención no fue tanto la secuencia ritual -un matrimonio civil absolutamente burocrático y protocolario-, sino, más bien, las intenciones del mismo, sus funciones -si se quiere- o su trasfondo social.

Las familias citadas para la boda no se conocían entre sí. Muchas de las amistades convocadas conocieron al futuro esposo o a la futura esposa el mismo día del matrimonio. La relación se mantendría a distancia, no existen planes reales de convivencia. Tampoco existía una voluntad expresa de formar una nueva familia a través de la actividad reproductiva ni mucho menos la formación de una constelación familiar. Desde aquel día me preguntó: ¿para qué sirve este matrimonio?

El matrimonio como ritual en las sociedades contemporáneas

Con frecuencia, sobretodo en las sociedades occidentales el matrimonio se considera como la guinda a la torta que supone el amor romántico. La idealización aun presente de las relaciones de pareja (heterosexuales u homosexuales) empuja un gran colofón, una puesta en escena pública del amor a partir de la decisión conjunta de dos personas. Los antropólogos, sin embargo, solemos quitarle algo de su encanto al hablar, ante todo, de un ritual socialmente reconocido que señala un cambio de estatus

El reconocimiento de la dimensión ritual de los matrimonios se lo debemos, en parte, a Arnold Van Gennep y su teoría de los ritos de paso (1909; 2008). La mayoría de las sociedades, dice Van Gennep, estructuran algunos instantes importantes de la vida social como el nacimiento, la pubertad, el matrimonio o la muerte, a partir de rituales que marcan simbólicamente el paso de una condición social a otra. En este marco, el matrimonio representa la transición desde un estado de soltería a una posición social vinculada a la vida conyugal y familiar.

Con casi un siglo de distancia, Martine Segalen (2005) continuaba apuntando que, incluso en sociedades altamente seculares, el matrimonio conserva una fuerte dimensión ceremonial. Ritos religiosos o civiles, banquetes, intercambio de anillos, fotografías, discursos,… un conjunto amplio de acciones que van cambiando con el tiempo -incluso incluyendo avances relacionados con las nuevas tecnologías- que parecen continuar cumpliendo una misma función social: visibilizar y legitimar la unión de la pareja ante la comunidad.

Desde la antropología no observamos el matrimonio como la unión entre dos personas fruto del amor romántico, sino en cómo este acontecimiento social público puede reafirmar valores colectivos, normas de parentesco y expectativas sociales.

¿Qué es el matrimonio? 

A lo largo del planeta el matrimonio adopta muchas formas: heterosexuales u homosexuales, monógamos o polígamos, arreglados o por elección, con dote o sin ella, endógenos o exógenos… Así mismo, cada uno de los rituales concretos que escenifican la unión entre los cónyuges están plagados de una multitud de detalles y variantes.

Ante esta inmensa variabilidad etnográfica, Kathleen Gough (1968) ofreció una definición del matrimonio que pone el acento en el reconocimiento social de la descendencia al señalar que se trata de una relación establecida entre una mujer y una o más personas que proporciona a los hijos nacidos de la mujer un estatus reconocido por el grupo social.

Por su parte, Marvin Harris, anclado en el materialismo cultural, intentó señalar las cualidades funcionales y materiales del matrimonio. Aunque Harris nunca teoriza de manera explícita sobre el matrimonio, sí argumenta en varias obras acerca del matrimonio como una institución social que regula aspectos fundamentales de la reproducción, el parentesco y la organización económica de las sociedades (2007. 2012).

A continuación, siguiendo a Harris, trataré de mostrar cómo los matrimonios no son únicamente una relación afectiva basada en el amor romántico, sino un modo social de organizar diversas dimensiones de la vida colectiva.

Las funciones sociales del matrimonio

Para Harris el matrimonio es una institución social que cumple diferentes funciones dentro de los grupos humanos. Aunque las funciones específicas varían de grupo en grupo, Harris identifica una serie de funciones recurrentes.

Regulación social de la reproducción

La función central de matrimonio es, sin duda, regular la reproducción no solo en términos biológicos (tener descendencia), sino también sociales. El control social de la reproducción permite definir quién puede tener hijos con quién, establecer la legitimidad social de los nacimientos así como ordenar la filiación.

Nuestra visión antropológica no se ciñe a lo biológico -como humanos no necesitamos de la institución del matrimonio para reproducirnos-, sino que incumbe a la esfera social: ¿quien cuidará a los hijos?, ¿a qué grupo social pertenecen? ¿qué derechos y obligaciones surgen tras su nacimiento? El matrimonio actúa así como un marco regulador de la parentalidad, la natalidad y la socialización de la prole.

 Organización del parentesco y alianzas entre grupos

Una segunda posible función del matrimonio es la creación de vínculos entre grupos de parentesco. Los matrimonios no unen simplemente a dos personas, sino que conectan familias, linajes o clanes.

Recuperando la teoría estructuralista de Claude Lèvi-Strauss, el matrimonio puede ser entendido como un sistema de intercambio entre grupos. Desde una visión un tanto heteropatriarcal, la circulación de mujeres entre linajes diferentes es considerada como una pieza fundamental de los sistemas de alianzas que estructuran la vida social en algunas sociedades (1969)

En este caso, el matrimonio puede entenderse como un mecanismo de integración social que establece y garantiza redes de cooperación, obligaciones y reciprocidades entre grupos distintos.

Desde este punto de vista, el matrimonio actúa como un mecanismo de integración social que establece redes de cooperación, obligaciones y reciprocidad entre grupos. En algunos casos podría apuntarse que casarse ya no es una acción individual, sino una estrategia colectiva que colabora en el tejido de la estructura social.

Organización económica y división del trabajo

El matrimonio para Harris tiene, también, una dimensión económica. En algunas sociedades el matrimonio todavía actúa como un mecanismo de cooperación económica que permite compartir recursos, reducir riesgos y optimizar tanto la producción como el consumo. Desde un punto de vista estrictamente materialista, esta función facilita la supervivencia y el bienestar material.

Si bien Harris defiende la caracterización del grupo doméstico matrimonial como la unidad económica básica, es necesario recordar el énfasis en su existencia en sociedades agrícolas y pastoriles. Hoy día, sobre todo en los países occidentales, el matrimonio ha dejado de ser el núcleo sobre el que se organizan los grupos domésticos. Muchas de las funciones económicas asignadas en un paso al matrimonio son cubiertas hoy por nuevos tipos de relaciones de parentesco, de pareja o amicales.

Transmisión de bienes y herencia

Si bien podría incluirse dentro de la dimensión económica, lo cierto es que el matrimonio también regula la transmisión de bienes y derechos entre generación. Los sistemas de herencia, las dotes, el precio de la novia o las transferencias matrimoniales funcionan como mecanismos económicos que controlan el flujo de recursos en una sociedad. De este modo, ciertos grupos sociales aseguran la continuidad de los bienes patrimoniales, refuerzan las alianzas entre familias o establecen jerarquías sociales.

Control social y estabilidad del sistema

Finalmente, el matrimonio contribuye a organizar y estabilizar el orden social. En algunas sociedades, el matrimonio ayuda a reducir la incertidumbre que pesa sobre las relaciones sociales en torno a cuestiones como la crianza, la fidelidad, la privacidad a través de marcos normativos relativamente estables. La definición de roles, obligaciones y expectativas entre cónyuges así como con las respectivas familias permiten la estabilidad de los grupos domésticos.

Críticas al enfoque de Harris

La teoría de Harris ha visto días mejores, sin ninguna duda. Rescatar su visión del materialismo cultural puede ayudar, como en este texto, a ilustrar semejanzas y diferencias entre dos o más casos etnográficos concretos. Sin embargo, es necesario recordar críticamente cómo Harris tendía siempre a priorizar excesivmente los factores materiales y funcionales de las acciones sociales.

Desde la antropología simbólica se subraya cómo el matrimonio no debe entenderse solo como una respuesta a necesidades materiales, sino, también, como un sistema de significados culturales que expresan valores, identidades y representaciones sociales. En el caso de Harris, su interpretación del matrimonio abandona por completo las dimensiones simbólicas, emocionales o ideológicas que las personas pudieran atribuirle.

No se debe olvidar, tampoco, cómo esta clase de análisis funcionalistas o materialistas tienden a naturalizar las relaciones de poder. Teniendo en cuenta las teorías feministas, es posible observar cómo se ha tendido a invisibilizar las desigualdades de género dentro del matrimonio o como, en cualquier caso, éste se ha construido siempre desde una posición heteropatriarcal.

A pesar de estas críticas, el enfoque de Harris sigue teniendo su interés. Al centrarnos en las funciones sociales del matrimonio podemos poner en cuestión la creencia popular de que todas las personas se casa por amor o por una decisión puramente personal. La investigación etnográfica nos dice que el matrimonio ha sido -y lo sigue siendo- una institución social completa que articula reproducción, economía, parentesco y poder. Entender sus funciones sociales no significa suprimir del todo su dimensión afectiva, pero sí permite ubicar el matrimonio en un marco más amplio de la organización social.

Conclusiones

De vuelta al matrimonio al que asistí y que desató mi reflexión, parece complicado poder justificar un matrimonio a partir de las funciones propuestas por Harris. Si un matrimonio no cumple ninguna de estas funciones, ¿sigue siendo un matrimonio? Lo cierto es que, como mostró Renato Rosaldo en su crítica al funcionalismo británico (2000), este tipo de análisis corre el riesgo de reducir experiencias humanas intensas a simples funciones sociales.

A raíz de la muerte accidental de su esposa durante un trabajo de campo en Filipinas, Rosaldo reflexionó sobre cómo la antropología había explicado el duelo a partir de sistemas y estructuras, sin hacer mención alguna al dolor, la rabia o la desorientación que implican la pérdida de un ser amado. No en pocas ocasiones, los antropólogos hemos visto procesos, mecanismos o funciones allí donde los protagonistas de la acción social experimentan emociones, afectos y vivencias irreducibles a esquemas analíticos.

Quizás nunca consiga explicarme desde una perspectiva materialista o funcionalista porqué esta pareja se casó a finales de 2025. Tal vez le siga dando vueltas durante años a este matrimonio. Pero, sin duda, aquello que todos tendríamos que reconocer son nuestros límites como científicos sociales. Casarse continua siendo hoy en día una experiencia profundamente emocional en la que se materializan una serie de expectativas, deseos y significaciones personales que no siempre encajan con facilidad en una lógica analítica.

Al final, después de todo, sigue habiendo espacio para lo inexplicable, lo imprevisto y lo desconocido: cuando no sabes lo que es, quizás sea amor.

Bibliografía

Gough, Kathleen
1968. Marriage. En D. L. Sills (Ed.), International Encyclopedia of the Social Sciences (pp. 207–210). Macmillan.

Harris, Marvin
 2007. Introducción a la antropología general. 7ª edición. Alianza Editorial
2012. Vacas, cerdos y brujas. Alianza Editorial

Lévi-Strauss, Claude
1969. Las estructuras elementales del parentesco. Paidós.

Rosalto, Renato
2000. Cultura y verdad: la reconstrucción del análisis social. Abya-Yala

Segalen, Martine
2005). Ritos y rituales contemporáneos. Alianza Editorial

Van Gennep, Arnold 
2008. Los ritos de paso. Alianza Editorial

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